Analizamos los riesgos de la combinación entre hambre extrema y coronavirus.

Hambre extrema, otra consecuencia del nuevo coronavirus

Autor | Tania Alonso

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) define tres fases de seguridad alimentaria a la hora de medir el hambre en el mundo: leve, moderada y grave. La primera la sufren aquellas personas que tienen incertidumbre sobre su capacidad de conseguir alimentos. La segunda, las que no tienen recursos suficientes para llevar una dieta saludable y además se quedan sin alimentos ocasionalmente.

La tercera, las que pasan todo el día sin comer varias veces al año. A finales de 2019, 135 millones de personas se encontraban dentro de este grupo. Y la ONU alerta: la crisis de coronavirus puede hacer crecer la cifra hasta los 265 millones de personas a finales de 2020, si no se toman medidas para evitarlo.

El impacto del coronavirus en el hambre

De acuerdo con el Informe Mundial sobre Crisis Alimentarias de 2020, elaborado por la FAO, cerca de 135 millones de personas en 55 países padecían una situación de crisis a finales del año pasado. En total, 22 millones de personas más que en 2018. Las causas principales han sido los conflictos y los fenómenos meteorológicos extremos, a los que este año se suma la pandemia del coronavirus.

Esta nueva crisis afecta a la disponibilidad de alimentos, a los trabajos y medios de subsistencia y al acceso a servicios médicos. A la vez, aumenta la desigualdad y los conflictos, sobre todo en zonas con poca estabilidad o en guerra.

En 2019, diez países acogían al 65% de la población en situación de inseguridad alimentaria aguda. Eran Yemen, República Democrática del Congo, Afganistán, Venezuela, Etiopía, República del Sudán del Sur, Siria, República del Sudán, Nigeria y Haití. Países en donde es muy probable que la crisis del coronavirus azote con más fuerza.

Ciudades, desigualdades sociales y desempleo

El impacto del coronavirus puede notarse con fuerza en las ciudades, en donde el cierre de los comercios, la paralización de las cadenas de suministro y una posible subida de los precios pueden reducir el acceso a los alimentos. En América Latina, algunas ciudades han puesto en marcha diferentes planes para mantener funcionando los suministros de alimentos pese a las restricciones de movimiento.

Dentro de las ciudades pueden incrementarse las desigualdades sociales, sobre todo entre barrios. En ese sentido, la vicesecretaria general de la ONU, Amina Mohammed, señala que las mujeres  suponen el 60% de los trabajadores de economía informal. Algo preocupante ya que se estima que esta crisis puede aumentar el desempleo y fomentar los contratos temporales o ilegales.

La combinación de hambre extrema y coronavirus puede afectar sobre todo a las mujeres.

Organización de las ciudades y nuevas formas de empleo

A la vez, las ciudades se presentan como escenarios en los que es más posible establecer un control y sistemas de abastecimiento. El informe de la FAO señala cuatro prioridades: aumentar los sistemas de vigilancia a distancia de la seguridad alimentaria; mantener la asistencia humanitaria crítica; reforzar y ampliar los sistemas de protección social y aumentar el apoyo a la elaboración de alimentos, al transporte y a los mercados locales de productos.

Además, las ciudades son lugares en los que es posible crear formas de empleo más sostenibles y nuevos mercados laborales. “En este momento de inmensos desafíos mundiales (…) debemos redoblar nuestros esfuerzos para vencer el hambre y la desnutrición” señaló Antonio Guterres, secretario general de la ONU. “Tenemos las herramientas y los conocimientos. Lo que necesitamos es voluntad política y un compromiso sostenido de los líderes y las naciones”.

Imágenes | v2osk, Taylor Wilcox