TERCERA EDAD

¿Y qué hacemos con el abuelo? Las ciudades inteligentes ante el reto de una población envejecida

Autor | Eduardo Bravo

A mediados del siglo XX el número de personas en el mundo que tenían sesenta años o más rondaban los doscientos millones. En 2012 la cifra se había incrementado hasta superar los ochocientos millones y, según algunas estimaciones, en el año 2050 serán dos mil millones de personas. Para entender la magnitud de estos datos en el escenario europeo, en el año 2030, un 25% de los ciudadanos del continente tendrá más de sesenta años. A todo ello se suma el hecho del descenso de la natalidad.

Dentro de la Unión Europea, el caso de España es uno de los más acentuados. Según una noticia publicada en El País el pasado 11 de diciembre, España registró en 2018 la cifra más baja de nacimientos en veinte años. Una situación que no es única en su entorno. Según el Instituto Max Planck para la investigación demográfica, desde el inicio de la reciente crisis económica, todas las naciones europeas han visto cómo descendía su tasa de natalidad. De hecho, si la sociedad europea muestra ciertos síntomas de rejuvenecimiento es gracias únicamente a la llegada de emigrantes al continente.

personas mayores

La tendencia al envejecimiento de la población ha provocado que las ciudades tengan que enfrentarse a nuevos retos destinados a resolver las necesidades derivadas de la avanzada edad de sus ciudadanos. Por ejemplo, dificultades sensoriales, problemas de movilidad o asistencias médicas personalizadas. Gracias al internet de la cosas, el Big Data y la inteligencia artificial, algunas ciudades han comenzado a implementar en sus calles y edificios señales sonoras o vibratorias para personas con problemas de visión o auditivos, así como herramientas de voz para informar y solucionar problemas cotidianos.

No obstante, el escenario en el que surgen más dificultades relacionadas con el envejecimiento de población no es el urbano sino el doméstico. Si bien en ocasiones no queda más remedio que los ciudadanos se trasladen a residencias llegados a una determinada edad, en condiciones normales es preferible que mantengan su independencia y autonomía, conservando su domicilio habitual y permaneciendo en el vecindario en el que tienen arraigo. Para ello, se están desarrollando diferentes herramientas que combinan la domótica con el internet de las cosas y la inteligencia artificial, como aplicaciones para móviles e incluso robots que ayudan a las personas mayores a moverse por el lugar, les recuerdan las tomas de los medicamentos o gestionan la compra de alimentos online.

A pesar de estos avances, la solución tampoco pasa por recluir a las personas de mayor edad en sus domicilios. Hay que procurar que mantengan contacto con su comunidad, sus vecinos y sus familiares. Una necesidad que no se puede suplir con video conferencias o llamadas de teléfono sino que debe realizarse de manera presencial, para lo cual es preciso que esas personas salgan a la calle y participen de las actividades sociales.

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En ese aspecto, una de las ciudades que más en serio se está tomando el reto de la tercera edad es Oulu, una localidad finlandesa que tiene una extensión próxima a los quinientos kilómetros cuadrados, lo que la asemeja a ciudades como Madrid, pero con una población mucho menor que la capital española, ya que no alcanza los doscientos mil habitantes. Allí, el gobierno municipal ha puesto en marcha diversos programas para sus ciudadanos más veteranos.

Entre otras iniciativas el Ayuntamiento de Oulu ha mejorado los canales de comunicación con la administración municipal, ha recopilado datos sobre esa población para determinar qué servicios demandan y creado sistemas de asistencia domiciliaria para resolver temas de alimentación o limpieza, todo ello acompañado de formación específica como clases de Internet. Unas clases que se acompañan de planes de financiación para adquirir ordenadores. De este modo, los equipos informáticos, además de poder ser utilizados para el ocio, se pueden utilizar para gestiones administrativas o para votar en las consultas de participación ciudadana que desarrolla el ayuntamiento y evitar así que las personas de más edad se vean abocadas a la exclusión social.

Aunque la experiencia de Oulu no es única, es definitivamente uno de los ejemplos que pueden ser observados por otras urbes ante situaciones similares. La clave no parece por tanto pasar por mantener únicamente a los ancianos sanos y ocupados, sino relacionados con un mundo que cada vez se les torna más amplio y en ocasiones inexplorable. Un enfoque mucho más humano que el de dejarlos aparcados en los servicios sociales en el tramo final de sus vidas.

Imágenes | Mabel Amber, Sabine van Erp, Lazer Taras.