Sin techo

Cómo algunos países están ayudando a la población sin techo y marginal frente a la COVID-19

Autor | Jaime Ramos

La situación crítica en la que nos ha colocado el coronavirus afecta de modo especial a los colectivos más desfavorecidos de la sociedad. En una crisis sanitaria de estas características, la pobreza es una variable que expone a los que la sufren a los efectos negativos de la enfermedad COVID-19, causando un mayor riesgo de contagio y mortalidad.

Según los informes de cada país, se estima que unos 150 millones de personas en el mundo, un 2% de la población mundial, no tienen un techo propio bajo el que habitar. La irrupción del coronavirus ha aumentado su vulnerabilidad, requiriendo nuevas medidas para proteger a esta población.

Además, las circunstancias que padecen resultan incompatibles con restricciones y limitaciones de derechos como el confinamiento domiciliario, que muchos países ya aplican para combatir la expansión de la pandemia. Por eso, es necesaria una respuesta protectora, inmediata y efectiva de las autoridades.

Hoteles para los sin techo en Londres, pero no en Las Vegas

Sin techo y coronavirus

En Londres, ciudad más afectada por el virus en Reino Unido (superando los 470 fallecimientos en marzo), el ayuntamiento, en colaboración con el gobierno, ha habilitado 300 habitaciones en hoteles de la capital para las próximas 12 semanas.

Esta preocupación se extiende en otras tantas zonas del globo. Desde Las Vegas, en Estados Unidos, ha llegado una de las imágenes más impactantes que involucra a los sin techo, con cientos de ellos ubicados en plazas de aparcamiento al aire libre. La situación viene provocada por los positivos detectados en un centro de acogida con 500 camas de capacidad. Algunos, como Juan Castro, Alcalde de San Antonio, critican que en Las Vegas tenga una capacidad hotelera para albergar a 150.000 personas mientras se intenta “esconder” de este modo a este colectivo.

La Unión Europea trabaja en una respuesta humanitaria

La Unión Europea soporta gran parte del peso actual de la COVID-19 con una respuesta disonante. La labor de muchos países se debate, como hemos visto, entre proteger, más que apartar, a la población más marginal. Según el Comisario de la UE en asuntos de trabajo y derechos sociales, Nicolas Schmit, “vivir en la calle tiene un enorme impacto en la salud, tanto psicológico y físico. Los sin techo están, por tanto, en peligro. Ya de por sí presentan patologías que los hacen más vulnerables. El coronavirus les afectará a ellos y a los que les cuidan. Por eso, es importante brindarles protección también a todos ellos”.

En esa línea, la Fira de Barcelona ha habilitado un espacio con capacidad para acoger hasta 225 personas vulnerables de Barcelona y alrededores, con la capacidad para ampliarse hasta un aforo de 1.000 personas. No es el único espacio habilitado en la UE con este motivo. En otros países desbordados por la pandemia, organizaciones como Médicos Sin Fronteras están cediendo su experiencia en gestión de desastres. Sin ir más lejos, en Bruselas, capital de la Unión, esta ONG ha instalado un refugio con 50 camas ampliables a 150, mientras que en París sus voluntarios proporcionan asistencia en refugios municipales.

¿Qué pasa con los países más pobres?

Asentamiento

Sin embargo, la amenaza global del coronavirus no solo se cierne sobre los países desarrollados de Asia y Occidente. A lo largo y ancho del planeta podría provocar un peligro capital de salubridad y elevar la pobreza a niveles trágicos, sobre todo en el tercer mundo.

Esto se verá acentuado porque, por desgracia, el mundo no está combatiendo la pandemia con una perspectiva global. Si echamos, por ejemplo, un vistazo a Saint Louis, en Senegal, allí más de 9.000 niños talibés mendigan por las calles para sobrevivir a diario. Las nuevas restricciones senegalesas para paliar la

COVID-19 pueden ponerles contra las cuerdas en muy poco tiempo, puesto que su increíblemente precario modo de vida les obliga a romper cualquier restricción. Literalmente, su supervivencia depende de salir a la calle.

Esta situación podría tener réplica en los asentamientos irregulares de América Latina o Asia, marcados por su gran densidad y tenue presencia administrativa. La tendencia de las autoridades de estas zonas, desprovistas de los recursos necesarios, es aislar a estas poblaciones.

Así ocurre en ciudades como Caracas, donde las fuerzas del orden han trabado los accesos a las barriadas de Catia y Petare. Una objetivo casi imposible. En ese sentido, el mundo no deja de mirar con temor hacia Brasil y los 13 millones de personas que viven en las favelas del país. Las autoridades locales parecen resignarse al control en un lugar donde los suministros básicos son un lujo. Prevén que la primera oleada de infectados ataque a las barriadas de Río de Janeiro a lo largo de abril y el pico de muertes se produzca en julio.

La barriada de Dharavi, en Bombay, es la más poblada de toda Asia. Supera el millón de personas, contabilizando 280.000 personas por kilómetro cuadrado, 30 veces la de Nueva York. Allí ya se están dando los primeros casos de COVID-19. Para prevenir el caos, el gobierno ha enviado a 4.000 sanitarios. Sin embargo, es complicado que consigan contener la enfermedad.

Estas zonas superpobladas son una bomba de relojería que puede traer consecuencias duraderas, sobre todo para la los grupos más desfavorecidos. De ahí la necesidad de trazar una estrategia global que incluya la colaboración entre países.

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