Voto electrónico

Voto electrónico, una realidad que tiene poco de virtual

Autor | Jaime Ramos

Si hay algo que apenas ha variado en las últimas décadas es la forma en que elegimos a nuestros representantes políticos, es decir, la forma en que votamos. En casi todo el mundo, uno se dirige a su centro público de votación, elige entre papeletas o marca una serie de opciones en las mismas, las introduce en un sobre y las deposita en una urna.

Resulta una liturgia que forma parte de la misma esencia de la democracia. La tecnología apenas sí ha conseguido variar los detalles de este ritual humano. Y no ha sido porque no estuvieran disponibles otras soluciones electrónicas capaces de ofrecer garantías de transparencia.

Las primeras tecnologías en demostrar que el voto electrónico era posible emergieron durante la década de los 60. Eran sistemas de votación mediante escáneres ópticos o haciendo uso de papeletas perforadas. Desde entonces, se han desarrollado otros métodos que sustituyen el sistema originario preservando las garantías del mismo.

¿Cuántos tipos de sistema voto electrónico existen?

Pantalla para voto electrónico

Y no solo eso, se han venido realizando pruebas y usando en elecciones reales desde entonces. Ahora bien, la falta de confianza en los diferentes sistemas dejan en la actualidad a un puñado de países como únicos puntos del globo donde se vota de forma electrónica.

Solo Brasil, Estonia, La India y Venezuela utilizan el voto electrónico en sus comicios generales. En Canadá, Estados Unidos, Argentina y Perú también se da, pero no en todos los territorios. Por ejemplo, en EEUU en 1996, el 7,7% de las votaciones registradas se realizaron a través de algún tipo de sistema de voto electrónico. Estos sistemas pueden agruparse en tres tipos de tecnología:

  • Voto electrónico por escaneo óptico.
  • Sistemas de registro directo.
  • Voto a través de Internet.

¿Por qué en gran parte del mundo no se vota de forma electrónica?

Pese a los pocos países en lo que está plenamente instaurado, el voto electrónico se ha probado en una gran variedad de puntos del planeta. Como se puede comprobar, no en todos ha fructificado. Uno de los motivos es la desconfianza en los sistemas.

Parte de ello pueden achacarse a inocentes fallos en las tecnología, como los 4.438 votos que se perdieron en las elecciones a la Presidencia de EEUU en Carolina del Norte en 2004. Por lo visto, el sistema cesó en el recuento por exceder en la capacidad de memoria de los dispositivos.

El escepticismo también se suma debido a la posibilidad de la manipulación de las elecciones. Es decir, el hackeo. Mientras que los defensores del voto electrónico argumentan que ya existen sistemas incorruptibles de verificación, otros no lo ven tan claro.

Lo ocurrido en las elecciones Presidenciales de EEUU (cuando 25 votos desataron la polémica en Florida) dejaron al descubierto muchas desventajas. Tras esto, un estudio de la Asociación de Maquinaria de Computación mostraba que haber cambiado el resultado de esas elecciones solo habría sido necesario cambiar 2 votos por precinto.

Un voto de doble filo

Es una cuestión que no dejará de acarrear polémica en las próximas décadas. Con todo, encontramos ejemplos donde, aparentemente, las administraciones públicas se vanaglorian de haber dado este salto tecnológico, como el caso de Estonia. Su concepto de e-governance ha traído consigo que el 44% de la población vote de forma electrónica, que el 99% de los servicios públicos estén disponibles online las 24 horas del día. La administración calcula que se han ahorrado la friolera de 1.407 años de trabajo.

Lo cierto es que el voto electrónico trae consigo una complejidad técnica que atrae las reticencias de la mayoría de países. Muchos dudan, incluso, que sea posible solventar algún día todas las amenazas que pueden generarse en la seguridad del voto.

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