Doha

De Ginebra a Doha: divagaciones sobre la prosperidad

Autor | Alberto Martín Torras

Hace algunos años dediqué un verano a pulir mi francés en Ginebra. En uno de mis paseos matinales hacia las aulas, recuerdo que por algún azar me topé con una señora entrada en años, de porte elegante y aspecto acicalado. Estuvimos charlando un rato de bagatelas varias hasta que, en un momento dado, pronunció unas palabras que no he conseguido olvidar: “Avant, vous pouviez marcher tranquillement ici. Maintenant, la misère est partout!”

No me sorprendió que recreara un pasado idealizado en la mejor tradición manriqueña. Es incluso probable que la buena mujer llevara razón y realmente se viviese mucho mejor en la Ginebra de treinta años atrás. Lo que me llamó la atención fue que emplease una palabra tan gruesa como misère para referirse a una de las ciudades más prósperas de nuestros días. Si en Ginebra hay miseria, me dije para mí, apañados estamos.

Porque lo cierto es que, a pesar de los pesares, Ginebra y las deliciosas poblaciones que puntean el lago Lemán –Lausana, claro, pero también Nyon, Vevey, Montreux…– siguen siendo la mejor carta de presentación de las sociedades acomodadas. Si al orden que se respira en otros lugares se le ven las costuras y parece impuesto con mano de hierro, en Ginebra da la sensación de ser consustancial a la ciudad, plácido como el lago que la arrulla. A algunos, esa estampa idílica les produce urticaria, y existe toda una corriente que reprocha a Suiza cierta falta de vigor espiritual.

Su mejor exponente quizá sea la archicitada sentencia según la cual, en Suiza, quinientos años de amor, democracia y paz habrían dado por único resultado el reloj de cuco. Tanto se ha citado la frasecita de marras que produce sonrojo traerla de nuevo a colación, pero lo hacemos para desenmascararla. Porque no fueron el amor, ni la democracia, ni la paz los que provocaron que Suiza parezca anestesiada, que no es sino una de las muchas maneras de ser razonablemente feliz. Fue la prosperidad.

En error parecido cayó Francis Fukuyama. Este célebre profesor americano vaticinó que el éxito y la propagación de la democracia liberal a lo largo y ancho del mundo propiciarían el fin de la historia, pero el tiempo se encargó de demostrar lo miope de su pronóstico. Desde entonces, majaderos de todo pelaje se han entretenido en aventurar otras hipótesis. Nosotros dudamos de que el fin de la historia se llegue a producir, pero creemos que si lo hace no será (solo) por gracia de modélicos parlamentos, sino porque la prosaica y aburrida prosperidad se habrá generalizado urbi et orbi.

¡Ah, la prosperidad! He ahí una conquista de la humanidad nunca bien ponderada en lo mucho que vale, pues sólo sobre ella puede el hombre construir una vida libre y decente, purgada de las necesidades más deshonrosas apareadas a su naturaleza animal. Le obliga a administrar cabalmente una riqueza apreciable, pero finita, y le aleja por igual de la tentación de la fastuosidad y de la amenaza de la indigencia. La miseria raramente existe allí donde se vive bien e incluso muy bien, pero sin suntuosidad.

En realidad, a Fukuyama le hubiera bastado un simple vistazo a Doha para cerciorarse de su equivocación. ¡Cómo iba a detenerse la historia mientras el mundo asistía, entre incrédulo y asombrado, al irresistible ascenso de Catar! Precisamente ahí, en el carácter fulgurante de su irrupción, es donde cabe encontrar algunas pistas para comprender este desconcertante país que compra multinacionales y clubes de fútbol como quien pide un café. La historia de Catar –que es casi tanto como decir Doha– no tiene parangón: en apenas cincuenta años, un modesto protectorado se convierte en el país con la mayor renta per cápita del mundo. Pero al ser tan brusca la transición desde la insignificancia a la opulencia, Doha no llega a conocer en rigor la prosperidad.

En efecto: la prosperidad necesita de la riqueza, pero la trasciende. Sin el concurso de otros elementos más sutiles (un modelo productivo sostenible, contención en el gasto, razonable redistribución de los ingresos…) es solo un espejismo. A nuestra pequeña escala, todos hemos conocido personas enriquecidas de la noche a la mañana que no han sabido administrar ese golpe de fortuna, ya fuera por defecto, manteniendo costumbres absurdas dadas sus nuevas circunstancias, ya por exceso, cayendo en el derroche y la ostentación.

Algunos dirán que Doha se inscribe en el segundo grupo. Es discutible, pero aun en ese caso nada impediría que escapara de él: las ciudades son realidades contingentes y su historia no está fatalmente escrita. Iniciativas audaces como la de Msheireb Properties, que ha reformulado con indudable buen tino el centro urbano de Doha al integrar los planos residencial y comercial con un fino sentido de la estética y exigentes medidas medioambientales, apuntan en la dirección correcta.

Con algo de tiempo y, sobre todo, con inteligencia y mesura, Doha puede corregir los excesos propios de la juventud –y su hermana la vanidad– y convertirse en una ciudad de aúpa, donde la prosperidad común contribuya también a erradicar la pobreza. La vieja Ginebra, por su parte, hará bien en no dormirse en los laureles, porque no sólo los niños suelen ser negligentes en el manejo del dinero. También los ancianos desvarían de cuando en cuando, y la miseria nunca está todo lo lejos que desearíamos. ¿No me creen? Cuéntenselo a mi amiga ginebrina.

Imagen | Radoslaw Prekurat/Unsplash