Masificación urbana y despoblación rural. ¿Existen soluciones?

Autor | Arantxa Herranz

Se calcula que en 2018 había 7.600 millones de personas en todo el mundo: 4.200 millones en zonas urbanas y 3.400 millones en áreas rurales. Para 2050, está previsto que la población mundial crezca hasta los 9.800 millones. Por cada persona que viva en el campo, habrá dos que lo hagan en la ciudad; 6.700 millones frente a 3.100 millones. Esta urbanización de la población se ha producido en un corto espacio de tiempo: si en 1960, 2 de cada 3 personas vivían en un entorno rural, hoy en día, solo lo hace el 45 por ciento.

Una representación visual como la de Our World in Data sirve para apreciar mejor cómo el mundo se ha vuelto más urbanizado y la velocidad con la que este proceso continuará en el futuro, país a país y región a región. Son datos que, por sus implicaciones, llaman a la reflexión.

Ciudad, ¿sinónimo de prosperidad?

A las ciudades se les reconocen muchos beneficios cuando se desarrollan con éxito: fuerte actividad económica, vínculos comerciales más cortos, mejor utilización del capital humano, infraestructura compartida, división y especialización del trabajo… Un abanico de mayores oportunidades, empleo y prosperidad son los reclamos que, entre otros, impulsa a las personas a ir a las ciudades. Los niveles de vida son más altos en las poblaciones urbanas que en las rurales, gracias a que el acceso a la electricidad, saneamiento o agua potable es mayor en las zonas urbanas que en las rurales.

Pero este abandono de las zonas rurales provoca también, entre otras consecuencias, un empeoramiento de la calidad del aire y otros problemas ambientales en las zonas urbanas, tal y como han demostrado algunos estudios realizados en China y que podría aplicarse a otros países en desarrollo.

La necesidad de gestionar la masificación urbana

La calidad de vida en las ciudades es una medida importante del bienestar de un país. Una de las variables que se tiene en cuenta para medir el nivel de vida es la proporción de la población urbana que vive en infrahogares, viviendas de pobre construcción donde se aglutinan varias personas y que carecen de una o más de las siguientes condiciones: acceso a agua mejorada, acceso a saneamiento mejorado, área de vivienda suficiente y durabilidad de la vivienda.

Afortunadamente, el paso del tiempo ha conllevado que en la mayoría de los países la proporción de la población urbana que vive en estos barrios marginales ha disminuido. Pero en las ciudades, dos de los problemas más importantes a los que se enfrenta el mundo también se juntan: la pobreza y la degradación ambiental.

Esta misma tecnología es la que se quiere aprovechar para que estos entornos rurales también puedan tener la etiqueta de “smart”. El reto es revitalizar los servicios rurales a través de la innovación (digital y social) para la mejora de servicios tan básicos como salud, servicios sociales, educación, energía, transporte o el comercio minorista. Sectores que también pueden mejorarse en el entorno rural en pos de la sostenibilidad.

Según datos de Naciones Unidas, de los 185 países con datos disponibles, el 80% de los gobiernos tenían políticas para reducir la despoblación rural en 2013, lo que suponía un crecimiento del 38 por ciento con respecto a 1996. Estas políticas intentan evitar la pérdida de mano de obra en las áreas rurales, que puede tener efectos dramáticos en la cadena de suministro de alimentos tanto a nivel local como global. No olvidemos que el aumento de la población urbana y su demanda de bienes y servicios, además, eleva el precio de los recursos básicos: vivienda, bienes de consumo, etc. Como resultado de esto, el ambiente y la calidad de los servicios en las ciudades se degradan notablemente.

¿Cómo se puede entonces evitar esta despoblación de las zonas rurales? En Europa hay algunas iniciativas que lo están logrando. De hecho, hay toda una red dedicada al desarrollo del mundo rural. Uno de los ejemplos de este desarrollo rural lo encontramos en Laponia (Finlandia), una de las zonas con mayor despoblación rural. Allí, 300 aldeas están potenciando la creación de recursos sostenibles y estimulando el desarrollo industrial, poniendo freno a la despoblación y dando una nueva oportunidad económica y social a la zona.

En África el pueblo masái de Terrat tiene 1.252 hogares en el pueblo y las aldeas más próximas están a un día de camino. Está aproximadamente a 90 km de la ciudad más cercana, Arusha. En 1980, agricultura, biocombustibles y turismo amenazaban a la población. Diez años más tardes, 21 de los habitantes de Terrat se unieron y, entre otras acciones, pusieron en marcha una radio a la que se le atribuye haber tenido un impacto transformador en Terrat y en la comunidad masái en general. Estos impactos pueden dividirse en tres categorías: consolidación de la identidad; mejoras en salud, educación e ingresos; y una mejor gobernanza y participación política.

En Serbia, uno de los objetivos económicos más importantes es apoyar el desarrollo sostenible de las aldeas a través de la diversificación de la economía rural, con especial énfasis en el turismo. Esta actividad es un componente importante del desarrollo integrado y sostenible y la revitalización de las aldeas, así como un factor importante para alentar el desarrollo de actividades agrícolas y no agrícolas. Vojvodina es uno de esos ejemplos donde también se destaca la importancia de las nuevas tecnologías para el desarrollo rural.

Como concluye la FAO, la visión del desarrollo rural debe extenderse más allá de la agricultura, reconociendo el potencial de ingresos y la importancia económica de intereses diversificados, tales como actividades no agrícolas en las fincas, ecoturismo, industrias familiares y actividades no agrícolas.

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