ELCAIRO

Egipto construye su nueva capital

Autor | Eduardo Bravo

Sus más de mil años de historia hacen de El Cairo una de las ciudades más atractivas desde el punto de vista histórico. Sin embargo, por esa misma razón temporal, su urbanismo no es precisamente un ejemplo de crecimiento sostenible. En sus 550 kilómetros cuadrados de superficie, buena parte de los cuales protegidos por su incalculable valor cultural, se concentran más de nueve millones de personas que aumentan hasta dieciséis si se incluyen los que residen en la zona metropolitana.

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Estos datos muestran una alta densidad de población que genera no pocas complicaciones en la vida de los ciudadanos, los cuales también sufren problemas derivados de una falta de planificación urbanística y alternativas al vehículo privado, que han provocado que El Cairo sea, según datos de la revista Forbesla ciudad más contaminada del mundo.

Por si esto no fuera suficiente, la capital egipcia también sufre escasez de vivienda, falta de zonas verdes y unas infraestructuras deficientes para un país que, según las estimaciones oficiales, espera recibir quince millones de turistas en 2020.

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Ante esta situación, el gobierno egipcio decidió en 2015 construir una nueva capital a 40 kilómetros del El Cairo empleando para ello criterios propios de una ciudad inteligente; no solo en lo que se refiere a la gestión del tráfico, los accesos o la seguridad, sino también a la densidad de población y a su distribución en el territorio.

De este modo, la superficie total será de unos 700 kilómetros cuadrados en los que residirán seis millones y medio de personas, muchas de las cuales serán funcionarios públicos y trabajadores de las legaciones diplomáticas, ya que las primeras construcciones erigidas han sido el palacio presidencial, el parlamento, los ministerios y edificios para alojar las embajadas.

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Además de los edificios públicos, la ciudad dispondrá de un aeropuerto internacional, seiscientos hospitales, dos mil escuelas, centros comerciales, un parque temático, un centro de conferencias para cinco mil espectadores, miles de mezquitas, varias iglesias, museos, un parque dos veces más grande que Central Park y una universidad. Unos servicios que, como es lógico, también precisarán de trabajadores para poder hacerlos funcionar, aunque eso no quiere decir que vayan a ser necesariamente residentes de la nueva ciudad.

La cercanía con El Cairo, que permite ir y volver en el día, invita a pensar que esa población sea de tipo flotante, más aún desde el momento en que la nueva ciudad no ha previsto la construcción de viviendas sociales o de precio tasado. La razón para ello es la apuesta de las autoridades egipcias por la edificación de barrios residenciales exclusivos con viviendas de lujo, construidos por inmobiliarias privadas extranjeras que tendrán derecho a comercializar las casas. Una solución que persigue que el gobierno egipcio no tenga que asumir la totalidad de los gastos de construcción.

De hecho, la financiación ha sido uno de los principales problemas de este ambicioso proyecto. Si bien el grueso del gasto ha sido asumido por el Ministerio de Defensa y Producción Militar –antiguo propietario de los terrenos sobre los que se levantará la ciudad– y el Ministerio de la Vivienda, esas aportaciones no son suficientes para cubrir los 45.000 millones de dólares que se estima costará el proyecto, por lo que el gobierno se vio obligado a recurrir a inversores extranjeros.

Los elegidos en un primer momento fueron empresas de los Emiratos Árabes que, tras la euforia inicial, comenzaron a desvincularse del proyecto. Esto provocó que fueran sustituidas por empresas y bancos chinos que aportaron en una primera fase 15.000 millones de dólares, a los que posteriormente se añadieron otros 20.000 millones más.

No obstante, desavenencias entre los inversores asiáticos y el gobierno de Abdel Fattah Al Sasi han provocado que algunos de ellos se retiren también del proyecto y que sea Egipto quien tenga que aportar más dinero a la construcción. Algo problemático desde el momento en que el país tiene un crédito del FMI de 12.000 millones de dólares que debe reembolsar en breve.

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Esta situación ha hecho que en los últimos tiempos las voces más críticas con la construcción de la nueva capital vuelvan a mostrar su disconformidad con el proyecto. Para aquellos urbanistas que sí consideran necesaria una nueva capital, la ubicación de la actual no es la adecuada, sino que debería estar al oeste del valle del Nilo. Aquellos que consideran que es un proyecto innecesario lo justifican diciendo que una inversión económica de tanta envergadura debería emplearse en mejorar otras ciudades egipcias, incluida El Cairo, y no para dilapidarla en la creación de una urbe desde cero.

Tampoco faltan los que sostienen que el proyecto no es más que un mecanismo propagandístico para mejorar la imagen de Abdel Fattah Al Sasi, actual presidente del país que, aunque fue reelegido en 2018 con el 97% de los votos, llegó al poder tras liderar un golpe de estado contra Mohamed Morsi, primer jefe de Estado Egipcio elegido democráticamente en la historia del país.

De hecho, y hasta que se conozcan los resultados del concurso público convocado para decidir el nombre definitivo de la ciudad, esta se conoce como «Nueva Capital Administrativa» o «Sasi City», por el estrecho vínculo que tiene con el gobernante, del que esas voces discrepantes también afirman que utilizará la ciudad para controlar la población. Para ello se serviría de distribución del suelo por sectores de actividad y la gestión inteligente de la seguridad, el tráfico y los recursos, que facilita que la policía tenga información a tiempo real de casi cualquier persona que resida o esté de paso por el lugar.

En todo caso, la primera fase de las obras, de las tres previstas, ya está muy avanzada. Esto permitirá que, a lo largo de 2020, la administración del Estado se traslade a esta «Nueva Capital Administrativa». La incógnita es qué sucederá con las otras dos etapas restantes, habida cuenta de que experiencias urbanísticas semejantes llevadas a cabo en Egipto en las últimas décadas no fueron del todo exitosas. Ese es el caso de las ocho ciudades satélites construidas alrededor de El Cairo para descongestionar el centro urbano y que no han conseguido atraer nuevos moradores, ni actividad empresarial o industrial relevante, lo que las ha convertido en ciudades fantasma. Un riesgo que sobrevuela también este «Nuevo El Cairo».

Imágenes | Simon Matzinger | UDC5