Contaminación lumínica: un problema creciente y que no tiene nada de inocuo

Autor | Jaime Ramos

Aproximadamente la mitad de la mitad de la población de la Unión Europea y más de dos tercios de la de Estados Unidos han perdido la posibilidad de ver la Vía Láctea. No se trata de un fenómeno de posicionamiento planetario, sino de un problema creciente llamado contaminación lumínica.

La huella del hombre en el planeta Tierra y su industrialización se plasma en un conjunto de males que amenazan con convertirse en endémicos y que van más allá de aspectos puramente biológicos. Hemos cambiado el devenir de los ecosistemas, hasta el punto de que el antropoceno pone en riesgo, ya no al resto de especies, sino a nosotros mismos. De entre todas las formas de contaminación, la lumínica es una de las más ignoradas.

Contaminación lumínica

El hecho de perder el contacto visual con las estrellas es la consecuencia más evidente, pero no la peor. Aunque al ser humano la lumínica le parezca la más inofensiva de las contaminaciones, para el resto de especies animales y vegetales puede tener repercusiones trágicas.

Según señala el investigador Christopher Kyba, para los animales nocturnos la introducción de luz artificial probablemente representa el cambio más drástico que el ser humano haya provocado en el medio ambiente. Y es que, en el ADN de todas la fauna y la flora del planeta vienen establecidos el papel crucial que asumen en cada especie los ciclos diurnos y nocturnos. El exceso de luz rompe ese patrón.

Alcance de la contaminación lumínica

Contaminación lumínicaPor tanto, el impacto sobre los ecosistemas es mucho mayor de lo que se podría esperar. Numerosos expertos han venido alertando de las complicaciones que supone negar la noche. Entre ellos, destaca el proyecto de atlas de contaminación lumínica, impulsado por el científico Fabio Falchi junto a organizaciones como el  Light Pollution Science and Technology Institute (ISTIL, Italy), el National Oceanic and Atmospheric Administration en Estados Unidos o el Deutsches GeoForschungsZentru en Alemania.

Según los registros tomados en la última década del anterior milenio, el 99% de la Unión Europea vive en áreas contaminadas lumínicamente, mientras que el 90% vive en zonas con una luminosidad nocturna igual a la que proporciona la luna llena. El problema es equivalente en los países industrializados y en los emergentes: Estados Unidos, China, Japón, etc. En Reino Unido, por ejemplo, tan solo desde el 10% del territorio puede observase el cielo nocturno en su forma genuina.

¿Cómo combatir esta contaminación?

Paliar los efectos pasa por el reconocimiento por parte de las ciudades y hacer un uso más sostenible de la luz. En el mundo existen varios proyectos con soluciones innovadoras. Las tecnologías de alumbrado inteligente que solo iluminan cuando es necesario son un buen ejemplo. Ya se aplican en varios puntos del globo como Noruega o en la ciudad de Barcelona.

También existen soluciones más inmediatas y al alcance de las ciudades. Una de ellas consiste en sustituir bombillas por otras que solo iluminan hacia abajo o buscar fuentes luminosas más atenuadas. En ese sentido, la mayor eficiencia de la tecnología LED repercute en una mayor contaminación lumínica, por lo que sería interesante gestionar mejor la expansión de estas luces. Se trata sin duda de una asignatura pendiente, puesto que en no pocos casos la difusión de las lámparas LED no ha devenido en esa esperada reducción de consumo eléctrico, sino en una mayor iluminación.

La clave está, no solo en las ciudades, también en los hogares. Según datos de 2015, cada año los hogares estadounidenses malgastan al menos 117 kWh de energía eléctrica en forma de luz que se pierde por ventanas y otras aperturas de las casas. Frenar la contaminación lumínica implica lidiar también con este reto de calado arquitectónico. Es, desde luego, una asignatura pendiente que ninguna ciudad inteligente puede obviar.

Imágenes | iStock/Everlock, iStock/Jurkos, iStock/Photo by Pietro Carlesso