BRASILIA

Brasilia, la smart city del pasado

Autor | Eduardo Bravo

«Te puede gustar o no la ciudad, pero no podrás decir que hayas visto antes algo igual». Con estas palabras definía Brasilia el arquitecto Oscar Niemeyer, uno de sus creadores junto al urbanista Lúcio Costa.

Situada en el Planalto Central de Brasil, a orillas del lago Paranoá y entre los paralelos 15 y 20 –tal y como predijo San Juan Bosco, al que una revelación le había comunicado que la civilización del futuro se asentaría en esa localización–, Brasilia es la única ciudad construida en el siglo XX declarada Patrimonio Histórico Cultural de la Humanidad por la UNESCO.

Los motivos para ello son su inusual arquitectura y su innovador planeamiento urbanístico, pensadas para facilitar la vida de sus habitantes. Hechos que permiten calificarla como una de las primeras «ciudades inteligentes» del mundo, a pesar de que ni siquiera se había acuñado ese término cuando fue construida.

En realidad, las ideas urbanísticas que inspiraron Brasilia fueron enunciadas varios años antes de su construcción. Concretamente en 1933, fecha de redacción de la Carta de Atenas. Este documento, surgido del IV Congreso Internacional de Arquitectura Moderna, recogía las características que debían tener las ciudades para resultar más habitables. Cosas tan evidentes hoy en día como edificar las viviendas teniendo en cuenta la luz solar, la topografía, las áreas verdes y la distancia entre bloques para evitar el hacinamiento de la población y reducir la insalubridad.Además, la Carta de Atenas defendía zonificar la superficie urbana dividiéndola según los usos para que las viviendas estuvieran lejos de las grandes vías urbanas y zonas industriales y cerca de zonas verdes y lugares de esparcimiento.

Historia y origen

La idea de trasladar la capital del Brasil de la costa Atlántica al interior se remontaba al siglo XVIII, después de comprobar que ni la primera capital, Salvador de Bahía, ni posteriormente Río de Janeiro, eran lugares óptimos para ese fin.

A pesar de la importancia estratégica y económica de esas dos ciudades portuarias, para un país con más de ocho millones de metros cuadrados de superficie, tener los centros administrativos en un extremo del territorio no era lo más operativo. Relocalizar la capital suponía, por tanto, descongestionar esos núcleos de población y facilitar a los ciudadanos del interior el acceso a los trámites con el Estado en una época en la que las comunicaciones aún era rudimentarias. Si además se podía planificar desde cero, sin limitaciones derivadas de accidentes geográficos como el mar o las montañas, la solución no podía ser mejor.

En 1891 el proyecto de la nueva capital se incluyó en la redacción de la Constitución de la República y, tres años más tarde, una expedición al Planalto Central acotó el terreno en el que debía erigirse la ciudad. Sin embargo, aún pasarían muchos años hasta que el país pudiera abordar ese ambicioso proyecto.

Finalmente, en los años 50 se convocó un concurso de ideas. El proyecto elegido fue el del urbanista Lúcio Costa, que desarrolló un boceto anterior de José Pessoa en el que se proponía una ciudad con forma de avión o de pájaro. En las alas se situaban las viviendas, escuelas, industria ligera y oficinas. En la parte central, conocida como Eje monumental, se situaban los grandes edificios públicos, como la Catedral, el Parlamento, los ministerios, el Palacio de justicia y los museos, proyectados en su mayoría por Oscar Niemeyer. En definitiva, un proyecto que era la materialización urbanística del lema del país: Ordem e progresso.

Además de estas innovaciones en el diseño de la planta de la ciudad, Costa tomó una serie de decisiones que convertirían a Brasilia en una ciudad no solo diferente, sino única. Por ejemplo, las calles no tenían nombres, sino coordenadas, números y siglas para facilitar la orientación. Tampoco tenían esquinas, para evitar los atascos y que los peatones no se sintieran amenazados por los automóviles, que discurrían por carreteras alejadas de los edificios.

Una ciudad tan deseada como maltratada

En 1956 se constituyó la NOVACAP, siglas de Companhia Urbanizadora na Nova Capital y, poco después, comenzaron las obras. Cuatro años más tarde y a pesar de que algunos edificios aún estaban inacabados, Brasilia se inauguró oficialmente.

No obstante, en 1964, la Junta Militar surgida del golpe de Estado contra el presidente constitucional João Goulart, decidió ignorar los avances en habitabilidad, urbanismo y arquitectura de Brasilia. Aunque se mantuvo como la capital del país, los militares no fueron muy respetuosos con el proyecto original por haber sido aprobado durante la administración del presidente progresista Juscelino Kubitschek.

La dejadez de las autoridades, sumada a problemas sobrevenidos, provocó que la utopía urbanística de Brasilia comenzase a desmoronarse. Entre esas dificultades estaban un aumento de la población no previsto originalmente. Concebida para medio millón de habitantes, la capital no tardó en acoger a una población mucho mayor. En la actualidad supera los cuatro millones.

Muchos de esos nuevos habitantes eran trabajadores que se habían desplazado al lugar para participar en la construcción de la ciudad o intentar mejorar sus vidas en la nueva capital. Una población que tuvo que ser alojada en los márgenes del núcleo urbano usando rudimentarias casas de madera. Algunas de estas viviendas se conservan hoy en día como parte de la, por ahora, breve historia de la ciudad.

De hecho, una de las peculiaridades de Brasilia es que, al haber surgido en un despacho de manera artificial, casi no posee hechos memorables ni una identidad propia. En su territorio se han concentrado obreros nordestinos, empresarios paulistas y funcionarios cariocas, lo que ha provocado que no haya un acento característico del lugar, ni una gastronomía propia, ni una artesanía, cultura o tradiciones autóctonas.

A pesar de ello y del crecimiento descontrolado de la ciudad, que ha provocado grandes balsas de pobreza en los márgenes del plano original de la ciudad, Brasilia es una de las mejores ciudades de Brasil para vivir. Las razones son, entre otras, poseer una renta per cápita superior al de otras localidades del país, su baja criminalidad y sus más de cien metros cuadrados de zonas verdes por habitante, que suponen cuatro veces más de lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud.

Inspiración para el futuro

A punto de cumplir los sesenta años desde su fundación, Brasilia, con todo su optimismo e ingenuidad, con todos sus aciertos y errores, puede servir como ejemplo de lo que deben y no deben ser de ser las ciudades inteligentes del futuro. Especialmente para aquellas que, como Naipyidó, capital de Myanmar desde 2005, Xiongan (China), Forest City (Nigeria) o Doha (Catar), se encuentran en pleno desarrollo hoy en día.

Como caso singular, Doha tiene la ventaja de que Catar es uno de los países más prósperos del mundo, por lo que hay mucho más margen de error para aprender sobre lo que funciona y no de Brasilia. Ecuador no tuvo ese lujo con Yachay, ciudad cuyas obras han sido paralizadas por falta de financiación. Son circunstancias que, como ilustró en su día Brasilia, evidencian la necesidad de buscar el equilibrio entre coste de construcción y beneficio social.

Si hemos de fijarnos estrictamente en la evolución de Brasilia, una de las críticas más repetidas desde su construcción es que nunca ha sido posible determinar si la inversión realizada y la centralización del país han mejorado la economía de las zonas adyacentes. Tampoco se sabe hasta qué punto ese aumento ha sido rentable, habida cuenta de que se ha producido a costa de restarle importancia económica a la antigua capital, Río de Janeiro. Quejas que, por otra parte, olvidan la contribución de Brasilia a la imagen internacional de Brasil y que no todos los beneficios de un proyecto urbanístico se cuantifican en parámetros económicos. Medio siglo después, y ya con sus cimientos totalmente asentados, Brasilia sigue siendo un maravilloso laboratorio para el urbanismo moderno.

Imágenes | Rodrigo Ribeiro, 12019, Francisco Domingos, Marcelo Bastos, Marco A. G. Visconti, Otávio Souza Junio, Daiana Sou_dai (Pixabay)