Analizamos qué es la agricultura climáticamente inteligente.

Agricultura inteligente para abordar el cambio climático

Autor | Tania Alonso Cascallana

El sector de la agricultura es el mayor empleador del mundo. Se calcula que proporciona trabajo e ingresos al 40% de la población actual y que es el principal medio de vida de las poblaciones más pobres y vulnerables.

En las próximas décadas, la agricultura se enfrentará a tres desafíos importantes. Por un lado, alimentar a una población en constante crecimiento que se asentará, sobre todo, en zonas urbanas. Por el otro, mitigar su impacto sobre el medioambiente para frenar los efectos del cambio climático. Y, por último, hacer frente a las consecuencias de este último, que golpeará con mayor dureza a los países en desarrollo.

Una de las soluciones propuestas para abordar esta situación pasa por transformar el sector. Plantear un tipo de agricultura inteligente y sostenible, que reduzca su impacto climático y mejore la situación de las comunidades que la trabajan: la agricultura climáticamente inteligente.

¿Qué es la agricultura climáticamente inteligente?

A pesar de lo que pueda sugerir su nombre, la agricultura climáticamente inteligente (o CSA, por sus siglas en inglés) no hace referencia a una técnica ni a novedosas soluciones tecnológicas. Se trata de un enfoque para identificar sistemas de producción adecuados para un contexto marcado por el cambio climático.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), los objetivos principales de la agricultura climáticamente inteligente son tres: aumentar la productividad y los ingresos agrícolas, crear resiliencia ante el cambio climático y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, para prevenir el calentamiento global.

Una de las premisas principales de este enfoque es que las técnicas de producción deben estar adaptadas a las características y condiciones de cada lugar. En la búsqueda de la sostenibilidad, es importante tener en cuenta el contexto climático, productivo y económico de cada zona. Y no solo eso: también las características sociales, políticas y culturales de los trabajadores de cada región.

Así, la agricultura climáticamente inteligente combina derechos humanos, cuestiones de género, educación en materias agrícolas, políticas y económicas y un largo etcétera. Sus resultados derivan, también, en beneficios transversales.

Un ejemplo es el empoderamiento de la mujer. Según datos de la ONU, si las mujeres agricultoras tuvieran el mismo acceso a los recursos que los hombres, la cantidad de personas que padecerían de hambre en el mundo se reduciría hasta en 150 millones.

CSA y agricultura sostenible

Uno de los objetivos de la agricultura climáticamente inteligente es obtener mejores resultados minimizando los recursos. Actualmente, el ritmo del sector resulta insostenible para el planeta. Está detrás de la desertificación de los terrenos, del agotamiento de recursos naturales como el agua y de la pérdida de gran parte de nuestra biodiversidad.

Para darle la vuelta a esta situación, es necesario reducir la necesidad de elementos externos como energía, fertilizantes y químicos que se usan en las prácticas agrícolas. Adaptar innovaciones como tecnologías solares y prácticas resilientes que contribuyan al mantenimiento de los ecosistemas y mejoren, poco a poco, la calidad del suelo y la tierra. Conseguir, en definitiva, que todos los procesos sean medioambientalmente sostenibles.

Para ello, es fundamental dotar a las poblaciones locales de herramientas y recursos para gestionar correctamente sus terrenos. En muchos casos, es importante tener en cuenta también su conocimiento: la combinación entre métodos tradicionales, nuevas técnicas y el uso de tecnologías de agricultura inteligente es la clave para lograr un equilibrio sostenible.

El enfoque de la agricultura climáticamente inteligente tiene en cuenta los conocimientos locales.

¿Cómo ayuda la agricultura climáticamente inteligente a combatir el cambio climático?

Según datos del IPCC, la agricultura, la silvicultura y otros usos de la tierra están detrás del 24% de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial. Sobre todo, de metano, dióxido de carbono y óxido nitroso. Sin embargo, si se consigue dar la vuelta a la situación, el sector podría convertirse en un elemento poderoso en la lucha contra el cambio climático: mantener los suelos y los bosques saludables permitiría almacenar carbono y frenar el aumento de la temperatura.

Lograr un sistema de producción, transporte y consumo adecuados también permitiría mitigar de forma considerable la emisión de gases de efecto invernadero. Para ello, es necesario reducir la pérdida y desperdicio de alimentos y propiciar patrones de consumo responsables.

De acuerdo con la Agencia Europea de Medioambiente, las emisiones también pueden reducirse aumentando la eficiencia de la producción cárnica y láctea, capturando el metano del estiércol o mejorando la integración de prácticas innovadoras.

Tras su implementación: historias de Kenia y Bangladés

Un proyecto piloto sirvió para optimizar el trabajo de productores lácteos en el valle del Rif (Kenia). Unos 4.500 agricultores utilizaron diferentes análisis y herramientas para limitar la huella de carbono de su actividad sin ver reducida su productividad.

En cuatro años, consiguieron mejorar la producción de forraje, el manejo ganadero y la gestión del estiércol, reduciendo así las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, y gracias a los cambios, los ganaderos han aumentado sus ingresos con un menor número de vacas. Hoy, las conclusiones obtenidas de este proyecto se usan para mejorar la producción láctea en otras zonas del país.

A miles de kilómetros de distancia del valle del Rift, en Bangladés, otro proyecto desarrollado por la FAO ha dado a los agricultores herramientas para adaptarse a un clima cambiante. En este país asiático, el aumento de las tormentas y las precipitaciones causa graves inundaciones cada vez con más frecuencia. Algo que limita la capacidad de trabajar los cultivos en tierra firme.

Como solución, los agricultores han creado huertos flotantes hechos de materiales orgánicos. En ellos cultivan hasta 30 especies de vegetales, que les garantizan alimentos e ingresos durante las épocas de inundaciones.

El caso de Bangladés muestra la importancia de adaptarse a las condiciones de cada lugar a la hora de enfrentarse a los efectos del cambio climático. Es fundamental hacerlo, también, a la hora de buscar estrategias para frenarlo. Es precisamente ahí en donde entra en juego la agricultura climáticamente inteligente. En cualquier lugar en el que todavía sea posible optimizar, un poco más, los sistemas productivos para hacerlos más eficientes y responsables con el medioambiente.

Imágenes | Loifotos, Eddie Kop